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E lmásperfecto–o,sinoperfecto, en el Café Varela; la España de la
conversación, como dijo Juan Cruz.
el más hermoso, inspirador y vivo–
castellano que he escuchado es el de No era un país feliz, desde luego,
Rafael Azcona. No hay nada de sor- pero el castellano de Rafael Azcona
prendente en que lo comparen con – aprendido a base de lecturas con-
otros representantes del genio espa- tumaces, empedernidas, y de poner
ñol (aquello sí que era algo de lo que el oído para escuchar lo que decían
enorgullecerse, y no la Marca Espa- “los viejos”–, ¡ay!, aquel castellano
ña que nos venden ahora), como el tenía sabor. Aquí cada cual puede
santo varón que, acaso por ese gus- poner el plato que prefiera; yo pien-
to del anonimato también cultivado so en un buen cocido madrileño o
por Azcona, no pusiera su nombre cualquier carne peninsular asada en
bajo un título: Lazarillo de Tormes. horno de piedra: uno se recrea en el
Las películas cuyos guiones co–fir- gusto de las palabras que calientan
ma Rafael Azcona, más que verse, por dentro. (“No se expansione us-
se escuchan. Sus personajes hablan ted con la retórica, que hace ya rato
por boca de una España que ya no que han servido la comida y se nos
existe. La suya era la España del res- queda fría”, siento que me reprende
torán, de los Versos a Medianoche el cura, igual que al alcalde-prego-
nero Juan Luis Galiardo, en la adap-
tación que el de Logroño hizo de los
“Esperpentos”. A ver si me corrijo…)
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